lunes, 2 de marzo de 2015

EL NO MAESTRO

EL NO MAESTRO
Autor: Jacinto Antonio Martínez García. 2.147

Cierta vez, que es verdad, si usted lo cree; hubo un maestro, bueno un profesor, quien tenía la dicha y responsabilidad de formar hombres y mujeres conscientes de su realidad y del entorno donde vivían, no importaba, si era rural, urbano o citadino. Este dechado de virtudes era autoridad y líder por su refinada instrucción, producto de exhaustivos estudios realizados en las universidades donde adquirió sus exigentes saberes, que lo acreditaban como una persona de respetable consideración hacia sí y de parte de los demás. Ha de tenerse en cuenta que muchos de aquellos carecían de las más elementales lecciones de la instrucción primaria y ajenos al exigente mundo, de la velocidad de la obsolescencia, de cuánto se escribe o inventa.
El Maestro, Maestra, Profesor o Profesora en cuestión usaba una bien cuidada carpeta donde tenía en impecables páginas, metidas en forros plásticos, las lecciones y los objetivos que él quería alcanzar con sus estudiantes. Era riguroso, muy disciplinado en el cumplimiento de su planificación hecha hace tantos años, que no hacía falta modificarla. Él sabía lo que los estudiantes querían aprender.
Entre sus estudiantes habían varios que generalmente llegaban tarde, pero, uno de ellos, además, de llegar más tarde que los otros, después del inicio de clase, era de aspecto un poco desvencijado por la ropa que usaba, de tanto ser lavada, de poco hablar pero un gran observador. Su mirada era profunda, serena y hasta se podía deletrear en sus ojitos sus ganas de encontrar la alegría como los demás y de entender a su maestro a quien sin comprenderlo, respetaba. Todos eran bien educados, aunque faltos de instrucción.
Cada día, el maestro después de clase, se sentía muy, y más defraudado. Le desesperaba la cara de lelos que veía en los estudiantes. Unos se embobaban oyéndolo, otros dejaban sus cuerpos en los pupitres y se escapaban a través de la ventana del aula, pues, la sabiduría del maestro o profesor, no calaba en sus aprendices porque no le entendían su cálido y gestual vocabulario, pero falto de significado para sus oyentes; que además, desconocían, qué quería su profesor.
El Maestro, Maestra, Profesor o Profesora sabía mucho de estrategias de enseñanza y usaba las que él consideraba eran las mejores para el grupo, no las que por sus características necesitaban los estudiantes.
Al final de cada curso, el maestro hacía el mismo sincero y reflexivo comentario:
Los estudiantes cada vez son peores. ¿Cómo ayudarlos, cómo incluirlos...?”
El estudiante de apariencia desvencijada dijo:
(Con voz suave, firme y profunda) “Maestro, (pausa) DIOS ES PERFECTO.
Y los árboles renuevan sus hojas, todos los días... Y los animales se adaptan, al hábitat”


Autor: Jacinto Antonio Martínez García.
Caracas, (en casa) 02 junio de 2012 *06:12 p.m.

Nota:
Inspirado por una situación real, vivida en el Programa de Iniciación Universitaria,PIU, en el período académico 2012 I, con una educadora y un educando quien se atrevió a decirle a la colega que siempre daba lo mismo y además no le entendía su vocabulario, que por favor los pusiera a investigar... La educadora le informó con voz un poco subido del tono, en el cual se desarrollaba la clase; que ella tenía varios títulos académicos logrados con mucho esfuerzo y ella sabía muy bien lo que él, (ellos y ellas) necesitaban para que fueran un buenos estudiantes y salieran adelante como lo hizo ella.

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