EL
NO MAESTRO
Autor:
Jacinto Antonio Martínez García. 2.147
Cierta
vez, que es verdad, si usted lo cree; hubo un maestro, bueno un
profesor, quien tenía la dicha y responsabilidad de formar hombres y
mujeres conscientes de su realidad y del entorno donde vivían, no
importaba, si era rural, urbano o citadino. Este dechado de virtudes
era autoridad y líder por su refinada instrucción, producto de
exhaustivos estudios realizados en las universidades donde adquirió
sus exigentes saberes, que lo acreditaban como una persona de
respetable consideración hacia sí y de parte de los demás. Ha de
tenerse en cuenta que muchos de aquellos carecían de las más
elementales lecciones de la instrucción primaria y ajenos al
exigente mundo, de la velocidad de la obsolescencia, de cuánto se
escribe o inventa.
El
Maestro, Maestra, Profesor o Profesora en cuestión usaba una bien
cuidada carpeta donde tenía en impecables páginas, metidas en
forros plásticos, las lecciones y los objetivos que él quería
alcanzar con sus estudiantes. Era riguroso, muy disciplinado en el
cumplimiento de su planificación hecha hace tantos años, que no
hacía falta modificarla. Él sabía lo que los estudiantes querían
aprender.
Entre
sus estudiantes habían varios que generalmente llegaban tarde, pero,
uno de ellos, además, de llegar más tarde que los otros, después
del inicio de clase, era de aspecto un poco desvencijado por la ropa
que usaba, de tanto ser lavada, de poco hablar pero un gran
observador. Su mirada era profunda, serena y hasta se podía
deletrear en sus ojitos sus ganas de encontrar la alegría como los
demás y de entender a su maestro a quien sin comprenderlo,
respetaba. Todos eran bien educados, aunque faltos de instrucción.
Cada
día, el maestro después de clase, se sentía muy, y más
defraudado. Le desesperaba la cara de lelos que veía en los
estudiantes. Unos se embobaban oyéndolo, otros dejaban sus cuerpos
en los pupitres y se escapaban a través de la ventana del aula,
pues, la sabiduría del maestro o profesor, no calaba en sus
aprendices porque no le entendían su cálido y gestual vocabulario,
pero falto de significado para sus oyentes; que además, desconocían,
qué quería su profesor.
El
Maestro, Maestra, Profesor o Profesora sabía mucho de estrategias de
enseñanza y usaba las que él consideraba eran las mejores para el
grupo, no las que por sus características necesitaban los
estudiantes.
Al
final de cada curso, el maestro hacía el mismo sincero y reflexivo
comentario:
“Los
estudiantes cada vez son peores. ¿Cómo ayudarlos, cómo
incluirlos...?”
El
estudiante de apariencia desvencijada dijo:
(Con
voz suave, firme y profunda)
“Maestro,
(pausa) DIOS ES PERFECTO.
Y
los árboles renuevan sus hojas, todos los días... Y los animales se
adaptan, al hábitat”
Autor: Jacinto Antonio Martínez
García.
Caracas, (en casa) 02 junio de
2012 *06:12 p.m.
Nota:
Inspirado
por una situación real, vivida en el Programa de Iniciación
Universitaria,PIU, en el período académico 2012 I, con una
educadora y un educando quien se atrevió a decirle a la colega que
siempre daba lo mismo y además no le
entendía su vocabulario, que por favor los pusiera a investigar...
La educadora le informó con voz un poco subido del tono, en el cual
se desarrollaba la clase; que ella tenía varios títulos académicos
logrados con mucho esfuerzo y ella sabía muy bien lo que él, (ellos
y ellas) necesitaban para que fueran un buenos estudiantes y salieran
adelante como lo hizo ella.
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